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En esta exposición, Bernardo Vallarino propone vínculos entre su obra y el Museo Santa Clara, antigua iglesia del Real Convento de Santa Clara. Las situaciones de migración y desplazamiento que se evocan en las piezas del artista resuenan con la historia del monasterio clariano, así como en la arquitectura e iconografía del templo. De esta manera, el Museo acoge la muestra y ofrece claves para interpretarla desde una perspectiva que aborda la migración no como un fenómeno exclusivo del presente, sino como una experiencia histórica que ha acompañado a sociedades de diversas épocas y latitudes.

 

Las obras presentadas reúnen huellas materiales y testimonios de personas de diferentes procedencias que, en el contexto contemporáneo y ante circunstancias adversas, se vieron forzadas a abandonar sus lugares de origen. Vallarino recupera rastros de sus trayectorias para visibilizar sus vivencias particulares frente a la enorme magnitud de los fenómenos migratorios. En las piezas, el artista reitera la señal internacional de socorro transmitida en código Morse: SOS (• • • — — — • • •). Con este signo, reconocible más allá de diferencias lingüísticas y culturales, se conectan las historias particulares que hay detrás de cada llamado de auxilio con otros episodios de tránsito y adversidad ocurridas en distintos lugares y momentos históricos.

 

Esta mirada amplia permite también reconocer la historia del convento de Santa Clara. Las monjas eran descendientes de españoles que llegaron a América, de modo que sus genealogías remiten a los desplazamientos transatlánticos que tuvieron lugar en el marco de la expansión de la Monarquía hispánica. Además, la comunidad conventual extensa—que en cierto modo replicaba las jerarquías y diversidad de la sociedad colonial—incluía a personas mestizas, indígenas y de origen africano que contribuyeron a sostener la cotidianidad del monasterio con su trabajo. Si bien no es posible afirmar que todas ellas hubieran migrado personalmente, sus ascendencias pueden estar vinculadas a movimientos poblacionales, no siempre voluntarios, tanto dentro del territorio neogranadino como entre continentes.

 

En el devenir conventual, dos desplazamientos fueron decisivos, aunque su alcance geográfico es limitado. A inicios de 1630, Damiana de San Francisco, Isabel de la Trinidad y Juana de Jesús salieron del vecino monasterio del Carmen, acompañadas por una gran procesión, para fundar el nuevo convento clariano. Siglos después, el 7 de febrero de 1863, las clarisas fueron obligadas a abandonar Santa Clara por orden del gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera, en cumplimiento del decreto de desamortización de bienes de manos muertas. Aunque la exclaustración no constituye una migración en sentido estricto, sí implicó un desplazamiento forzado y una ruptura definitiva con el espacio al que las monjas habían consagrado su existencia.

 

Las referencias religiosas de la obra de Vallarino encuentran correspondencias con la arquitectura y la iconografía del Museo Santa Clara. Las estructuras que enmarcan algunas de las piezas evocan relicarios y están en conversación con los retablos del templo, compartiendo afinidades formales y simbólicas. Esta articulación sitúa los testimonios materiales de las personas migrantes en un contexto que, en palabras del artista, resalta la sacralidad de la vida y la fortaleza espiritual de quienes han migrado a lo largo de la historia.

 

Al recorrer esta exposición y reconocer los vínculos entre vivencias históricas y contemporáneas:

 

¿Qué huellas dejan estas historias en usted?

¿Qué relación identifica entre las experiencias de migración y desplazamiento aquí presentadas y su propia vida?

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